Coronavirus y Humanidad: del sueño a la pesadilla.

Enero 1 del año 2000. La mayor parte de la Humanidad celebra el inicio del nuevo milenio. Las personas, en todo el mundo, se sienten más tranquilas, más seguras que nunca. Atrás quedaron los mayores terrores que podrían poner en peligro la existencia de nuestra civilización. Seguro, las temibles premoniciones futuristas de la serie de televisión “V”, de las películas “La Guerra de los Mundos”, del “Día de la Independencia” y otras obras literarias y cinematográficas, quedaban atrás. Con el fantástico avance de la observación espacial habíamos constatado que estamos solos en nuestro sistema solar el que, a su vez, está bastante alejado de otras estrellas de nuestra galaxia, la Vía Láctea. No había, pues, peligro inminente de una invasión extraterrestre. Con el colapso del sistema soviético se esfumó, también, el peligro de recurrir a las armas nucleares para resolver el conflicto entre los dos sistemas políticos que dominaron el panorama del pasado Siglo XX. Grandes avances en la Medicina presagiaban la invulnerabilidad de nuestra especie, que se extendía por todos los confines de la tierra, construyendo altos edificios y magníficas obras arquitectónicas como nunca había sucedido en nuestra historia. Podíamos, inclusive, conocer enfermedades de los fetos. Volando a velocidades supersónicas y comunicándonos en tiempo real, a través de Internet, por todo el mundo, estábamos en la cúspide de la civilización humana. Nada nos podría detener. Solo el espacio exterior, con su infinita soledad y lleno de peligrosas radiaciones, constituía nuestra frontera. Ninguna otra cosa distinta parecía poner freno a los ímpetus humanos que en economía, física, química, medicina, computación e ingeniería civil parecían romper, barrera tras barrera existente, y prometían crear un mundo de infinita riqueza y conocimiento. Inclusive, llegamos a los albores de la inteligencia artificial y a la posibilidad de crear una vida artificial no orgánica.

De Extremo a Extremo.

Obsesionados, los humanos, con el conocimiento y relativo dominio del átomo y sus componentes, dueños del fuego atómico mediante la fisión nuclear, la tranquilidad por el peligro de su uso en una guerra aniquiladora surgió al desaparecer la tenebrosa rivalidad militar que existía entre las dos super potencias, la capitalista y la socialista, dando luz verde a la economía de mercado en todo el planeta. Teníamos, pues, que lo más pequeño del universo conocido, los “subnúcleos” atómicos y demás elementos surgidos de la fisión nuclear, no eran ya un temor o pesadilla para el hombre. Y lo más grande, el inmenso e infinito espacio exterior, no daba muestras de contener alguna forma de vida que amenazara, atacara o invadiera nuestro planeta. Sin embargo, entre ambos extremos, entre lo infinitamente grande y lo infinitamente pequeño, había una extraña partícula, no radiactiva, no explosiva, no incluida en la Física nuclear ni conocida en la Astronomía, sin vida, pero patógena. Una partícula que no es una sustancia inerte pero tampoco está viva. Un enemigo aparentemente oculto pero que siempre, al parecer, estuvo aquí. Con nosotros, a nuestro lado, habitando en otros mamíferos, pero a la espera de encontrar otra especie más abundante y fecunda para atacarla, esparcirse y demostrar su dominio sobre nuestro planeta. Un enemigo que no piensa pero que libra una guerra como si siguiera una estrategia largamente planificada. Un enemigo que conoce nuestro organismo, que parece haber modificado su estructura para atacar nuestros puntos débiles como si hubiera tenido conocimiento previo de ellos. Que pudo esperar hasta que llegáramos a tener una compleja organización social que se convirtiera en el propio paraíso de la pandemia terrible que el mismo virus generó.

Previamente, en el siglo XIV, la humanidad había sido diezmada por otra pandemia, la Peste Bubónica que, curiosamente y como macabra similitud, también se originó en Asia Central y llegó hasta Italia, como consecuencia combinada de los ataques de los ejércitos mongoles en Crimea y los viajes comerciales entre esa península y la también península italiana. Covid-19 y peste bubónica tuvieron, pues, orígenes geográficos y rutas parecidas en su propagación intercontinental. Comoquiera que, para el siglo XIV, en plena Edad Media, aún no se descubría a América ni a Oceanía, el efecto de ambas pandemias guarda inquietantes similitudes, en cuanto a su proporción de expansión dentro del mundo conocido. Sin mencionar, para no hacer más extenso este artículo, que ya en el siglo VI otra variedad de la peste bubónica había desolado al Imperio Bizantino.

Aunque, desde el punto de vista de la Medicina y de la Biología, los patógenos eran distintos pues, la enfermedad, o síndrome, Covid-19 lo produce el virus SARS-cOv-2, de la clase de los coronavirus, y la peste bubónica la produjo la bacteria yersina pestis, que ataca a los roedores, abundantes en la Edad Media, ambas infecciones helaron la sangre de los humanos de ambas épocas… Las ratas, transportadas en los barcos mercantes, a través de insectos parásitos –en concreto, las pulgas de las ratas– infectaron a la población europea. Sin embargo, ambas infecciones tienen un factor común: para la ciencia del Medioevo las bacterias patógenas eran enemigos mortales contra las cuales casi nada podía hacer. Hoy, contra el coronavirus, nuestra ciencia médica casi nada puede hacer. Al menos por el momento. Solo dar tratamientos experimentales a los infectados que se agraven y procurar inducir respiración asistida a los casos más complejos.

Pero ¿qué sucedió? Una diminuta partícula, un virus, cuyo tamaño tan reducido lo hace invisible al microscopio óptico y solo hemos conocido algo de su estructura por medio del microscopio electrónico y técnicas de biología molecular, ha sabido aprovechar los componentes alrededor de su nucleocápside y los ha adaptado para acoplarse, por así decirlo, con los receptores de proteína de las células de varios de nuestros tejidos y órganos, de gran importancia para nuestro organismo, como los pulmones, el corazón y el hígado, entre otros.

Los coronavirus conocidos son, potencialmente, una grave amenaza para la humanidad, para nuestra cultura y civilización. Uno solo de ellos fue capaz de postrar y someter a cuarentena a miles de millones de personas en la mayoría de los países del mundo. La ciencia tiene un gran reto: encontrar, prontamente, una vacuna y unos tratamientos efectivos contra este tipo de infección viral. Este coronavirus posee unas características específicas que lo hacen más letal que otros agentes patógenos: puede pasar desapercibido ─pues tiene varios días en periodo de incubación─ en espera, oculto, mientras se esparce de manera incontenible. Se mantiene activo, a diferencia de otros virus, sobre superficies inertes, por horas y días enteros. Y, a diferencia del virus de la influenza, que solo en casos en que se complique infecta los pulmones, el SARS-cOv-2 ataca directamente las vías respiratorias inferiores provocando neumonía.

El misterio de por qué, estando allí, este virus nunca había producido una pandemia, o, al menos, una epidemia que aparezca documentada en textos históricos hace surgir un gran interrogante: ¿por qué apareció, ahora, la infección? ¿Qué hizo que el virus nunca atacara a los humanos o a otros mamíferos como el ganado vacuno, al porcino o a los equinos? Si proviene, como se cree, de una especie de murciélago, ¿por qué no afectó a otras especies de vertebrados como aves, felinos o primates que tiene contacto físico con los murciélagos? Si no encontramos las razones o circunstancias que originaron esta mutación del virus, en el futuro nos podríamos encontrar con otro, u otros, coronavirus iguales o más peligrosos que el Covid-19 que ataquen simultáneamente…

La inquietante posibilidad de que alguno de los coronavirus, conocidos con anterioridad, haya sido objeto de prácticas biológicas que incidieran, intencionalmente, en producir una variación del virus original, para hacerlo más letal o incontrolable, llena de espanto a cualquier mente civilizada. Situación que podría representar una grave transgresión a las obligaciones internacionales derivadas de la Convención sobre las Armas Biológicas de marzo 10 de 1975 ─Convención sobre la Prohibición del Desarrollo, la Producción y el Almacenamiento de Armas Bacteriológicas (Biológicas) y Toxínicas y sobre su Destrucción─.

Cualquiera que sea la respuesta, que nos explique por qué un virus que podría haber existido hace miles de años, se alojó en un vertebrado (murciélago) y mutó su estructura para atacar diversos tejidos humanos, en forma amplia y bastante perfeccionada, lográndolo de la noche a la mañana. ¿fue por causa naturales?  ¿Incidió el cambio climático, la contaminación ambiental o la expansión de los asentamientos urbanos en áreas donde predominaba cierta vida silvestre? ¿O existió una perversa intervención humana (política) valiéndose de herramientas biológicas o radiológicas, capaces de lograr alteraciones moleculares de un virus primigenio? El tiempo lo dirá…

Que sea, esta pandemia, una lección de humildad para todas las personas, para los Estados, para las grandes empresas y organizaciones, y una oportunidad para volver nuestros ojos a Dios que, una vez más, nos recuerda que dependemos de su inmenso poder, sabiduría y benevolencia para solucionar los problemas de la humanidad.

Guillermo Vélez Murillo, Bogotá, marzo 31 de 2020.

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